Maternidad

 

Esta mañana, ya pasadas las 14h, he atendido por teléfono a una mamá angustiada porque su hija, no tan peque (de 14 años) se había mareado tras una cirugía menor al salir del quirófano (y a sabiendas que podía suceder).

La niña estaba en urgencias, perfectamente atendida y recuperándose.
La cuestión es que la mamá ha llamado desesperada y no sé cómo ha conseguido que pasaran la llamada hasta el teléfono de mi consulta (ubicada en otra planta) y lógicamente ajena a lo sucedido en quirófano.

Tras los segundos iniciales en los cuales no entendía absolutamente nada, he logrado comprender la situación, y tras comprobar por el teléfono interno que la pequeña se encontraba bien he comprendido que esa desesperación absoluta de la madre por localizar a un cirujano (el que fuese) solamente obedecía al corazón. Sin pasar por el cerebro. Sin ser consciente que su hija se había mareado al salir del hospital e inmediatamente había sido atendida por el servicio de urgencias.

Esa madre, lo único que necesitaba era consuelo y explicarle que todo había salido bien y que esa reacción podía suceder pero que se recuperaría. Nada más. Explicación que casi con seguridad, los compañeros de urgencias habían dado.

Para mis adentros he pensado, ufff lo que me espera. Veo que la “maternidad” no es algo que se pase con el tiempo…

Y justo esta noche, leía un post duro pero necesario, que escribía una compañera de carrera sobre que pasa cuando las cosas no salen como tocan, cuando hay una pérdida.

De esas lecturas que tocan la fibra y que hacen reflexionar sobre la maternidad en si, qué supone y qué significa.

En mi caso, sobre ser madre o no, es algo a lo que realmente no le había dado muchas vueltas. Dentro del orden de prioridades no fue algo que estuvo en las primeras posiciones hasta hace bien poco, pero una vez te llega, es como un camino sin retorno. Ya no puedes echar marcha atrás. Y no lo digo por querer devolver a los peques (que a veces te apetecería 😜) lo digo, porque al menos en mi caso (y me consta que en más de uno) algo automáticamente cambia en tu interior, un desasosiego, un no sé que, que hace que tengas los sentimientos a flor de piel, de forma constante. Y ese algo, es un sentimiento hacia las cosas que suceden a tu alrededor que te convierte en más sensible, más vulnerable o más sentida según se mire.

Al principio pensaba que se trataba de las hormonas y del postparto, pero ahora, más de dos años después y atendiendo a mamás como la de esta mañana, me he dado cuenta que es un sentimiento que no te abandona. Forma parte de tu nuevo tu.
Ese que hace que ames a esa personita por encima de todo, que su felicidad sea directamente proporcional a la tuya. Que sus éxitos sean vividos como propios. Algo que realmente jamás pensé que podía suceder.

Me imagino, que hasta cierto punto es cuestión evolutiva, pero desde luego es un sentimiento alucinante, con lo bueno y con lo malo.

Leyendo el post, me he dado cuenta de lo afortunada que puedes llegar a ser y en muchas ocasiones no le das importancia a ello.

Cualquier madre es madre desde el momento que se queda embarazada y otras mucho antes incluso. Y es una condición, que pase lo que pase, no te va abandonar más en tu vida.
Muchas gracias Sonia por escribir un post así.

Ello ma hace recordar una frase de una nadadora paralímpica, Elisabeth Stone que encontré navegando por la web no hace mucho:

“Tomar la decisión de tener un bebé es trascendental: significa decidir que desde ese momento tu corazón ❤️ empezará también a caminar fuera de tu cuerpo.”

Os paso el enlace del post aquí.

Fotografía: Ester Sánchez